Tres días entre la literatura y el infierno mismo en la tierra
…como dijo Dios cruzando las piernas,
veo que he hecho muchos poetas,
pero muy poca poesía…
Charles Bukowski
Mexicali, Chicali, una de las tres hermanitas de la Baja California: Mexicali la caliente, Ensenada la bonita y Tijuana la puta. La ciudad se cuece en verano a más de 45 grados a la sombra. Tiene pegadita la Ciudad de Caléxico, gabacha a morir; ella misma, la Chicali, con un ciento de edificios de arquitectura gringa. Esa que cuando sales a caminar por sus calles, las bocanadas de aire caliente te hacen correr hacia el aire acondicionado más cercano; nos recibió para ampararnos tres días de un encuentro literario, el segundo, organizado por la auténtica mafia literaria: Tiempo de literatura, literatura de cuerpo presente, del catorce al dieciséis de mayo, más de cincuenta escritores, esa fauna y flora nociva que se dedica a no hacer nada y a escribirlo, gente de lo más folclórico y más pata de perro que puedas encontrar, seres arrancados de antiguos calendarios sesenteros, otros de delicado matiz, parejas de gays y esposas lesbianas, el amor no tiene sexo, solo es amor, ahora los raros somos los pocos heteros, los bugas que nos aferramos al sexo contrario; escritores venidos desde la capital mundial de la influenza; otros como si trajeran una pedazo de mierda en las narices, frunciéndolas por verse mezclados con tanta vulgaridad: los chilangos light de Monterrey que han superado en creces a los propios chilangos. Tamaulipecos que nomás les faltó la chamarrita de cuero, norteños a más no poder. Y los de tijuas que cruzaron el valle de la rumorosa en pequeñas hordas, esa rumorosa de paisaje lunar después de una explosión atómica; escritores y poetas, ensayistas y editores, durante tres días se iban hacer pedazos, los más afortunados no intercambiaría solamente la masa encefálica de sus cerebros quizá hasta con suerte, algún trozo de corazón, mezclado con fluidos corporales; de todo hay en un encuentro literario, excepto muy pequeñas dosis de literatura, las más de las veces, sólo sirve para oírse decir desde las mesas de debate, desde la presentación de libros, lo chingones que somos, lo grande que es nuestra poesía y que los demás, los otros que no somos nosotros, vale para purita madre.
Llegué a la ciudad de Tijuana, vía Distrito federal, dos vueltas y de regreso, ya que Durango pese a las declaraciones de su Virrey Ismael, todavía no estamos en ningún mapa geográfico. De ahí dos horas hasta Mexicali cruzando por un paisaje alucinante, piedras enormes, rocas gigantescas a los lados de la carretera, como si enormes gigantes de piedra hubieran muerto y sus restos esparcidos, Y un enorme valle, frío, muerto, una luna perdida que cayó desde el cielo: la rumorosa, porque el viento produce un ruido tétrico, un rumor de los muertos que han sido enterrados sin ninguna oración, paisaje lunar, así debió verse Hiroshima después de su hecatombe.
Mexicali nos recibe con el calor del mediodía, apenas pones pie sobre su pavimento cuando ya el alma se esta derritiendo. El hotel está a unos pasos del sueño americano, desde la ventana puedes ver la garita y como el sueño americano apenas esta a unos metros. Mexicali esta lleno de gente fantasmas, mendigos y pordioseros, gente que se quedó en blanco, por exceso de calor o por exceso de droga, apenas caminas dos calles y encuentras ojos idos y manos que se extienden pidiéndote el dólar, el peso para apaciguar un poco sus demonios o su sed de muerte. El hotel mismo es tétrico, pasillos estrechos como túneles escarbados en una mente enfebrecida. Es un hotel que en los cuarentas debió alcanzar su máximo esplendor. En el lobby, una gran escalera de caracol, como aquella de donde descendió Dolores del Río en una de sus míticas películas: las abandonadas. En una columna, los retratos dibujados de Tín Tan y Cantinflas, prueba de que vez ahí se hospedaron. Me recuerda un hotel de esas novelas negras, donde espero que un momento a otro, surja de una de sus habitaciones, el protagonista del Halcón Maltés, Bogart con su gabardina y su voz chillona. Y cierto escalofrío flota entre sus pasillos y su destartalado elevador, que me recuerda “el resplandor”, de Kubrick.
La primer lectura es en el “gato negro”, bar oscuro y lleno de mariposas, mujeres enfundadas en cortas faltas y otras con los senos casi a descubierto, cansadas meretrices cuyos ojos son dos profundas ojeras que se pierden en la oscuridad de sus miradas, la luz es tenue, casi imperceptible, una barra sacia la sed de los parraquianos que nos recibe con extrañeza por invadir su mundo, con libros y poemas. La primera lectura es un fracaso, en el sitio que comúnmente ocupan bailadoras tablendeceras ponen a tres investigadores leyendo su informe sobre el narco con única misión de matarnos de aburrimiento. Fracaso total, tortura que se excede en un tiempo que pareció mortal y eterno. Uno los escucha sin escucharlos, los chiflidos surgen, las chicas de la vida galante bostezan. Y no hay a donde irse, ni cerveza donde refugiarse, aquí en Chicali solamente parece existir Tecate, esa cerveza tan mala que hay que tomarla con sal y limón. ¡Dios mío como te extraño mi amada Vicky!, mi amada Victoria cahuamón, qué quieren la nostalgia alacranera en todo su derroche. Salimos en estampida, poetas por delante, y bellas escritoras moviendo su trasero aterciopelado. En un salón adjunto, desde donde vuelven a escucharse los corridos y las risas de las suripantas, nos instalamos a leer, por un lado, el Alejandro Almazán, cronista de pura cepa, de su libro, Gumaro de Dios, el caníbal; Mauricio Bares con su copa de mezcal nos habla de su mundo; J.M. Servín, editor de “A Sangre Fría”, revista prima hermana de Alarma, nos deleita con su prosa; el maestro poeta traductor de Tijuana, Roberto Castillo, que se tomó una cerveza con el mítico Bukowski, lee algunos versos, entre tragos de Tecate. Yo por mi parte me dedico a expirar largos suspiros, jurando vender mi alma al diablo por un trago de cerveza oscura, de verdadera cerveza, pero Victoria esta tan lejos de mis labios, como a mil kilómetros de ninguna parte.
Tres días de literatura transcurren y se escurren por el cuerpo y por la sangre, tres días escuchando y a veces soportando estoicamente, poesía de jóvenes ancianos y de ancianos jóvenes, a veces son luz del mundo, otras francamente oscuridad dentro de la oscuridad, libros que conmueven y libros que lapidan. Mujeres muy hermosas y otras solamente hermosas. Así terminó el tiempo de lectura, mientras desde el avión contemplamos como una ciudad ha sabido florecer entre el desierto y la desesperanza. Ya nos veremos en otra ocasión, Chicali, la caliente.



Ouu estaba temblando al leerlo… que todo Marin